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  • El Grito Misionero

XIX Domingo durante el año (b)“El Pan que yo les daré es mi carne para la vida del mundo” Jn. 6,5


El centro de la vida cristiana es la Eucaristía, Jesús hecho comida para dar vida al mundo y sostener al hombre en su camino cotidiano, en sus afanes y en sus luchas. Toda la liturgia de hoy está orientada a la Eucaristía. El Libro 1 de los Reyes, nos presenta la escena de Elías, quien escapando de la furia de la reina Jetzabel huye al desierto y, cansado, se recuesta debajo de un arbusto y gime diciendo: “basta Señor, quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres” (1Re. 19,4-8). El profeta, que luchó con todas sus fuerzas para mantener el culto al Dios verdadero, experimenta que es un hombre débil como los demás y se acuesta llamando a la muerte. Pero siente que le despiertan: ”levántate y come” (Ib. 5). Es un ángel del Señor que ha puesto a su lado una hogaza de pan y agua. Elías se levantó, comió y bebió y con la fuerza de aquel escaso alimento caminó cuarenta días y noches hasta “el Horeb, el monte de Dios” (Ib. 8).

El abatimiento del profeta refleja la experiencia, del que habiendo realizado grandes empresas -aun apostólicas- y habiendo creído tener las fuerzas suficientes para tal misión, cuanto menos lo espera se ve por tierra y sin fuerza alguna. Allí experimenta que él no puede solo y que necesita de la presencia y de la ayuda del Señor. Y Dios llega en su auxilio a través de un pobre trozo de pan y un poco de agua que le permiten llegar a destino para cumplir su misión, dándole las fuerzas necesarias para resistir la larga travesía hasta el Horeb. Este pasaje de la Escritura es figura transparente de la Eucaristía, alimento del cristiano en su camino hacia la Eternidad. De este alimento habla el evangelio de hoy (Jn. 6, 41-52), retomando el evangelio del domingo anterior.

Los judíos murmuran porque Jesús ha afirmado que es el Pan vivo bajado del cielo. ¿Es que puede el pan tomar figura de hombre? Y ese hombre … ¿no es Jesús el hijo de José y de María? Los judíos no tienen fe y entonces no pueden leer lo que Jesús quiere decir. Es que sin fe nada podemos hacer. La fe es un don de Dios: ”nadie puede venir a mí si mi Padre no lo atrae”, dice Jesús (Ib. 44). Pero la fe es también una tarea y una acción fruto del ejercicio de la libertad. El Padre atrae, pero el hombre debe dejarse llevar y enseñar por Él. Por eso Jesús afirma: “todo el que escucha lo que dice mi Padre y viene a mí” (Ib. 45). El pecado de los judíos es el de endurecer obstinadamente su corazón a la Palabra de Dios, que le llega por medio de Cristo. Y Cristo es el sacramento del Padre. Quien lo rechaza no puede ir al Padre ni tener la vida eterna: “sólo el que cree tiene la vida eterna” (Ib. 47). Duele este rechazo de los contemporáneos de Jesús que han oído sus palabras y han visto sus milagros.

Hoy ocurre algo similar. ¿Cuántos hombres creen en Jesús y en la Eucaristía? ¿Cuánta fe hay en el mundo? ¿Acaso nos animamos a decir con sinceridad: “ten paz, alma mía, porque el Señor Eucarístico caminará contigo”? Sería importante preguntarnos si como cristianos de hoy nos interesa la vida eterna. ¿Qué le diremos al Señor cuando estemos frente a Él? ¿Cuántos creemos que al final de nuestro camino daremos cuentas de las acciones realizadas durante nuestra vida? Los atractivos de la vida y del mundo o la importancia que hoy se da al dinero hacen que Cristo sea menos importante en la conciencia y la vida de las personas. A veces estas cosas son causa de que se pierda la fe.

Es por eso que el Señor antes de anunciar tan grande misterio de la Eucaristía, insiste en la necesidad de la fe. Para el que cree las palabras del Señor no ofrecen margen de duda: ”Yo soy el pan de vida, que ha bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre y el pan que yo les daré es mi carne para la vida del mundo” (Ib. 51). Elías comiendo de la comida de Dios tuvo fuerzas para seguir caminando y subir hasta el monte santo del Horeb, en donde el Señor se le manifestó en una misteriosa teofanía. Asimismo, el cristiano que come la carne de Cristo vivirá para siempre y tendrá la fuerza necesaria para caminar y vencer los obstáculos que se le presenten, para asumir el dolor y los avatares que la vida le vaya presentando. Pero sobre todas las cosas tendrá la capacidad de amar como Cristo nos amó y vivir con los demás como en una familia de hermanos signados por el amor de Dios y vivir en la fe para ver a Dios cara a cara como Él es.

Que María Madre, nos ayude a vivir con fe el misterio eucarístico de Jesús.


+MONS MARCELO RAÚL MARTORELL


Obispo de Puerto Iguazu


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