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  • El Grito Misionero

VI Domingo Durante el Año (C)“Benditos los que confían en el Señor” (Jr. 17,7)


La liturgia de este domingo nos pone frente al tema de la” esperanza cristiana”, virtud teologal infundida por Dios en nuestra alma el día de nuestro bautismo. Así como el amor es la culminación de la fe, la esperanza es la prolongación del amor. La esperanza cristiana es la expectativa del cristiano frente a la vida y encierra una riqueza magnífica porque nos hace esperar con confianza en quien dio la vida por nosotros. Por eso el Profeta Jeremías nos dice “bendito quien confía en el Señor” (Jer. 17,7). La esperanza cristiana nos lleva a poner toda nuestra confianza en Aquel “que nos amó hasta el fin” y que prometió estar con nosotros hasta el final de los tiempos. Por lo tanto, los cristianos no podemos poner toda nuestra confianza en nosotros mismos, en otros hombres, ni en las cosas puramente materiales.

La esperanza cristiana se arraiga en Cristo y en Él resucitado. Si se arraiga en nuestra vida y en esta vida termina, nosotros somos los hombres más desgraciados. La esperanza cristiana va mucho más allá de los límites de la vida terrena y alcanza la eterna. La resurrección de Cristo le ha dado al hombre el derecho de que un día participe de su resurrección y pensar en esto eleva el alma hasta límites impensados. ¿Los cristianos hemos pensado en esto? La angustia y la desesperación en la que caemos muchas veces son contrarias a la esperanza cristiana y esto porque no hemos tomado conciencia de lo que mora en nuestra alma como una virtud. La felicidad eterna supera los límites de la felicidad humana; no está en contra de ella, pero no quiere que el hombre asiente toda su vida en las cosas pasajeras.

En este domingo Cristo nos habla de las bienaventuranzas y con este espíritu se han de entender. Las bienaventuranzas exceden cualquier perspectiva de seguridad y felicidad terrena. Jesús no está en contra de esta felicidad, pero no quiere que anclemos en ella toda nuestra vida. Con las bienaventuranzas, Jesús ha cambiado la valoración de las cosas humanas. Éstas nos hacen colocar el corazón del hombre frente a lo divino y sobrenatural; no se quedan en el dolor o el placer inmediato y transitorio, sino según el gozo futuro. Son ellas un plan de vida para el cristiano, un camino que el creyente ha de recorrer para ganar la vida eterna. Ellas están cargadas de la esperanza futura del Reino de Dios.

“Dichosos los pobres, los que tenéis hambre, los que lloráis, los que sois odiados por los hombres (Lc. 20,22). No son estas realidades las que hacen dichosos a los hombres ni le dan derecho al Reino de Dios, sino la aceptación de estas privaciones y sufrimientos en Dios. Es decir cuando el hombre -carente de seguridad y de felicidad terrena- se abre más a la confianza en Dios y en Él pone su esperanza. “Bendito quien confía en el Señor y pone en él su confianza”, dice el profeta (Jer. 17,7). Los hombres tenemos la tentación de apegarnos a los bienes temporales y depositar nuestra confianza en ellos y en ellos poner nuestro corazón y nuestra esperanza.

Las bienaventuranzas del Señor se ofrecen a todos los hombres. Pero solamente los hombres, no indiferentes a Dios y desprendidos de sí mismos y de los bienes terrenos son capaces de conseguirlas. De este modo -frente a la adversidad- son preservados del peligro de la angustia y la desesperación. Dios nos llama a poner toda la esperanza y la confianza en Él, y sólo en Él poner la seguridad de nuestra vida y de nuestro corazón.

Que la Virgen madre de la esperanza cristiana nos ilumine y como ella nos haga poner toda nuestra confianza en Cristo.


+Marcelo Raúl Martorell

Obispo de Puerto Iguazú.

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