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  • El Grito Misionero

Homilía de Mons. Marcelo Martorell correspondiente a este domingo XXVI "XXI Domingo durante e

“Las Palabras que yo les dije son espíritu y vida” (Jn. 6,60)



El Profeta Amós (6,1.4-7) considera las tremendas consecuencias de una vida relajada y frívola. Reprocha a los ricos

que se entregan a la molicie y al lujo preocupándose por agotar la tierra, apoltronados en sus divanes, comiendo y

bebiendo, cantando y sin preocuparse por el país que va a la ruina y les profetiza diciendo: “Por eso irán al destierro, a

la cabeza de los cautivos, acabándose la lujuria y orgía de los disolutos” (Ib. 7). La Patria estaba yendo a la ruina y

quienes tenían riquezas no se interesaban por su futuro. Las leyes de esa época eran contrarias a la tradición de los padres, el enfrentamiento de unos y otros les pasaba de largo, no los tocaba. No había solidaridad de unos para con otros, como lo mandaba el Señor.

Esta profecía del destierro se cumpliría 30 años después y sería una de las muchas lecciones dadas por Dios por la ruina social y política que fue causa de la decadencia moral del pueblo. Pero la civilización del bienestar de entonces, los personalismos políticos, las leyes injustas y controvertidas que enfrentaban al Pueblo sembrando violencia,

parecían no haberlo comprendido. El Pueblo de Israel, iba a la decadencia: sus costumbres, su religión, su fe puesta en Dios estaban siendo suplidas por ideas personalistas que no interpretaban la cultura de Israel. El Pueblo estaba dividido entre ricos y pobres, alentada esta división por quienes reinaban. Los ricos encerrados en estrechos horizontes, se dedicaban a los placeres de la vida, surgía la envidia y el enfrentamiento, faltaba el pan como alimento producido por el trabajo. Era preferible la ociosidad y la dádiva antes que el esfuerzo. El trabajo de cada día, como lo mandaba la ley del Señor y la vida misma -sin horizontes- se convertían en negación de la fe y del favor de Dios, en impiedad y en ateísmo práctico, con el consiguiente desinterés por las necesidades ajenas. Y éste es el camino que

ayer y hoy lleva a la ruina temporal y eterna.

El evangelio del día, (Lc.16, 19-31), nos relata la historia del pobre Lázaro y el rico Epulón, tan conocida pero a veces tan mal interpretada. Epulón no es solamente un rico que es condenado por su gusto por los banquetes y el lujo. Y Lázaro no es premiado únicamente por ser pobre. El mensaje del Señor va más a fondo. Epulón se olvidó de Dios,

poniendo solamente la confianza en sus riquezas y su poder olvidándose del prójimo. Y esto es lógico, porque quien deja de lado a Dios, difícilmente pueda ocuparse o preocuparse por el pobre. Sus preocupaciones son dedicadas a él mismo, olvidándose de todo lo demás, menos de su persona, de sus deseos y sus ambiciones. Nadie pensaría que a Epulón le preocupaba la vida de Lázaro, que se arrastraba con su pobre existencia hasta sus puertas. Pensamos que Lázaro sea uno de esos tantos pobres, que resignados en su pobreza, mendigan y sufren la dureza de una vida en donde los valores de la caridad no existen. Es confiable pensar que Lázaro tenía puesta su confianza tan sólo en Dios, como tantos pobres que no tienen sino al Señor que los proteja y los cuide, frente a tantos hombres que están a su alrededor y que no piensan sino en ellos mismos y en cómo acrecentar sus riquezas y sus placeres.

Cuando ambos mueren –y todos moriremos e iremos ante el Supremo Creador y Salvador- a “Lázaro los ángeles lo llevaron al seno de Abraham”(Ib. 22), mientras que Epulón se hundió en el mundo de los tormentos (Ib. 23). Desde ese momento a ambos no los separa ya la riqueza, sino la vida en la eternidad, la que es imposible de comunicar. El destino eterno para Lázaro es Dios y para Epulón son las llamas del dolor, la sed y lo más horrendo: la ausencia de Dios.

La humildad y la pobreza son casi siempre medios para un encuentro con Dios en la Vida que viene. En cambio la soberbia, las riquezas desmedidas, el olvido de Dios y el desprecio por lo sagrado, será inexorablemente ausencia de Dios y sufrimiento. Cuando Dios nos pone en la tierra, nos hace administradores de los bienes del Pueblo y nos llama al ejercicio del Bien Común, al respeto y al amor a Dios, al respeto del hombre y su cultura, al respeto de la razón, pero sobre todo a la fe y al Evangelio, testimonio del amor y de la presencia de Dios. Cada uno de nosotros es libre para elegir, pero nadie, por más poder que tenga, debe obligar a los demás a esa elección. Debemos imitar a Dios, que nos llama, pero que respeta siempre nuestra libertad de responder a su llamado.

Que María, nos acompañe en la búsqueda del amor de Dios y del Evangelio.a.


+ Mons. Marcelo Raúl Martorell

Obispo de Puerto Iguazú





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